Escolástica universitaria
Los profesores más clarividentes que he conocido han dicho siempre que “esto” hay que cerrarlo. Hoy es un día de esos en los que el convencimiento es más firme si cabe. Nos formamos en la institución medieval de las familias y las prebendas, y así nos luce el pelo. El año pasado, en uno de esos momentos de debate en clase sobre el recorte de optativas de segundo ciclo, se llegó a decir que al final va a resultar que las privadas funcionan mejor porque se escapan hasta cierto punto de esa estructura jerárquica para sustituirla por una mera tarea empresarial.
No puede ser que los profesores sean funcionarios de sangre azul, ad eternum en su puesto aunque no cuenten nada interesante, aunque contaminen más que enseñen. No puede ser que el catálogo de asignaturas no forme y sirva para que durante siglos los más incompetentes nos cuenten su tesis doctoral, pero nada más, porque para qué saber más.
Siempre que me quemo con la universidad me pongo de muy mala leche y meto en el mismo saco a las personas que sí merecen la pena. Y lo siento, lo siento de verdad porque hay muy buenos profesores que no se merecen estar en el mismo saco que el resto de personajes que puebla las aulas. Pero en serio, esto hay que replanteárselo muy seriamente porque no va, ni con Bolonia ni sin ella.
Y jode reconocer que, al final, la única solución que nos va a quedar es el exilio. Eso, o armarnos como última aldea gala y resistir. Pero resistir la imbecilidad cansa tanto…

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